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Había una vez un hombre que nació al revés. Creció debilitado y sin conocer la esperanza.
Se encontraba dentro de una sociedad hipócrita y malvada. Si el decía algo, su voz era callada de inmediato. Si miraba algo bello, al poco se desvanecía. Cuando comenzaba a amar a alguien, un muro de piedra se alzaba frente a él.

¿Cómo iba a vivir en aquel lugar maldito? ¿Cómo adaptarse a una sociedad que detestaba? Odiaba el mundo que le rodeaba y quería salir de él.


Al mismo tiempo se sentía observado. Recibía entonces una mirada aguda que se abría camino como una aguda lanza para clavarse en su cabeza y causarle un profundo dolor.
Otra mirada le hacía sentir tan pequeño y horrible que deseaba desaparecer de inmediato. Y una última mirada frente a un espejo negro, su propia mirada, le hacía resbalar en un fango pegajoso del que no podía librarse.

Sus manos maniatadas le impedían luchar. Tan solo sus pies continuaban hacia delante.

De repente un puente apareció en su camino.

Se dispuso a cruzarlo para llegar al otro lado y escapar así de éste.
A mitad de camino vio que en el otro lado le esperaban sus enemigos, con las lanzas que arrojaban sobre su cabeza y los mismos espejos negros.
Intentó dar la vuelta pero vio cómo una tóxica nube roja se movía hacia él. Desesperado quiso caminar más deprisa pero al no saber hacia dónde ir su cabeza se hincho y entonces empezó…

EL GRITO

El grito de Munch

El Grito de Munch

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