
Pintar es una afición para muchísima gente, un desarrollo genial de sus personalidades. Una forma de expresión y de realización. Un placer y una experiencia.
Pero para otra gente es un trabajo, una necesidad, un deseo demasiado fuerte.
Mucha gente en este mundo desaría poder vivir del arte, pues la pintura como afición es un placer, reconfortante. Si además se venden las obras, una gran felicidad.
Pero para evitar que tanta gente se dedique al arte la sociedad tiene sus sistema competitivo, de descarte de talentos y por lo tanto, vivir del arte, es una de las profesiones más difíciles, camuflada de comercio puro y duro, manipulada y sometida a la voluntad de galerías y comerciantes.
Efectivamente, mucha gente que desearía dedicarse a pintar bellas imágenes, descarta esta profesión por lo «imposible». Muchos guardan la pintura como una afición que les aporta una dieta ligera de felicidad.
Otros pintan lo que les pinden y así siguen con los pinceles, desarrollando la técnica y viviendo de ello. Pero no tienen libertad.
Y otros, como yo, trabajamos en otras cosas e intentamos trabajar en esto solo cuando tenemos tiempo libre.
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